Nota de opinión por Pablo González.

En la historia reciente de Tres Arroyos, pocos nombres han concentrado tanto poder durante tanto tiempo como Carlos Alberto Sánchez. Pero más preocupante aún que la extensión de su mandato es la lógica con la que ha ejercido el poder: como un verdadero patrón de estancia y esto no es casual. Sánchez es, antes que político, productor agropecuario de larga data. Y ese perfil, a mi entender, no quedó nunca al margen de su forma de gobernar.
Durante sus 20 años como intendente, el municipio no fue gestionado como un bien común, sino como una especie de extensión administrativa de sus propios intereses rurales. Las prioridades de inversión, las obras públicas, los recursos del Estado local… todo parecía alinearse con una lógica productiva muy puntual: la del campo y, particularmente, la de su campo.
Su rol como dueño de estancia y funcionario público creo se mezcló peligrosamente. Las decisiones estratégicas, lejos de pensarse con mirada urbana, inclusiva o social, se tomaban con criterio de productor: caminos rurales, maquinaria vial, zonas de influencia productiva, subsidios, relaciones con proveedores del agro. La ciudad, mientras tanto, quedaba relegada a la administración de lo mínimo.
Hoy, Carlos Sánchez quiere volver. Pero no lo hace con un plan de futuro ni con propuestas superadoras. Quiere volver a controlar el municipio como si fuera su chacra, cómo si aún pudiera decidir, sin debate ni contrapeso, qué se hace y qué no en función de lo que le conviene a su estancia. No hay una visión de ciudad moderna, sostenible o equitativa. Solo un impulso: retomar el mando y asegurar condiciones favorables para su círculo agropecuario.
Y en lo que a mi concierne, eso es justamente lo que Tres Arroyos ya no puede permitirse. Un Estado municipal no puede ser conducido por quienes confunden lo público con lo privado, lo institucional con lo personal, lo político con lo patrimonial. Lo que está en juego no es una interna partidaria ni una simple elección más: es la posibilidad de liberar a la ciudad del modelo feudal que Sánchez impuso durante dos décadas.

